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OPINION: Emprendimientos de economía circular generan empleo y valor agregado en lo que otros tiran

María Gabriela Ensinck  analiza el potencial de la economía circular como mecanismo para poder reciclar y generar empleos, con ejemplos concretos de sus impactos positivos en Buenos Aires (Argentina) .

Los desechos: un problema sin solución en América Latina

Cada día, los latinoamericanos generamos un kilo de desechos per cápita que, en el mejor de los casos, van a parar a rellenos sanitarios colapsados, cuando no a basurales a cielo abierto. Sin embargo, más de la mitad de aquello que desechamos podría reutilizarse o reciclarse, evitando daños ambientales y generando nuevos empleos.

Es decir, si en lugar de tirarlos los desechos se separan en su origen y se procesan, se pueden recuperar y convertir en insumos para la industria. Esto crea lo que se llama economía circular, cuando los materiales se reaprovechan y vuelven a insertarse en el sistema productivo, representando una oportunidad de desarrollo económico con impacto social.

También están las iniciativas de trueque, que permiten un reciclaje en el uso de los materiales de consumo. Por ejemplo, durante la crisis de 2001 en la Argentina, los clubes del trueque fueron los precursores de esta vertiente, que hoy se traduce en comunidades de intercambio por medio de redes sociales. “Mamás Recirculando” es uno de los grupos iniciadores de la movida a través de Facebook. Tiene más de 400 integrantes que ofrecen y toman todo tipo de productos y servicios, desde ropa y juguetes hasta electrodomésticos y muebles. Las transacciones no involucran dinero. “Lo hacemos porque, al desprenderse de algo que uno ya no usa, llega lo que estamos necesitando”, dice Erika Falazar, una de las fundadoras.

“En América Latina, el enfoque de economía circular no solo es ambiental, sino que tiene un fuerte impacto social”, sostiene Gonzalo Roqué, director del Programa Regional de Reciclaje Inclusivo que la Fundación Avina impulsa junto al Banco Interamericano de Desarrollo (BID), firmas como Coca Cola y Pepsico, y la Red Latinoamericana de Recicladores.

“La industria del reciclado es una oportunidad de generar empleo, pero para esto debemos cambiar la mirada estigmatizante que toma al reciclador como un problema, cuando en realidad es parte de la solución porque aporta un servicio”, destaca.

Unirse en cooperativas de trabajo para generar un cambio

Según estimaciones del Banco Mundial, unos cuatro millones de latinoamericanos se dedican a la recolección, separación y reventa de materiales reciclados. La mayoría lo hace en la informalidad, sin acceso a derechos laborales básicos, retribución justa y cobertura de salud. El desafío es incluirlos en el sistema formal, por medio de microempresas o cooperativas, y en este camino existen ejemplos exitosos en varios países de la región.

Integrantes de la cooperativa Tras cartón. Además de los talleres donde se produce y a la vez se aprenden oficios, funciona un comedor y un bachillerato popular.

Surgida durante la crisis de 2001 y 2002, cuando la economía argentina implosionó provocando niveles récord de pobreza y desocupación, “El Amanecer de los Cartoneros” es hoy la mayor cooperativa de recicladores del país, con más de 3.500 asociados.

Esta organización social, que forma parte del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE), impulsó junto a otras entidades de la sociedad civil la formalización de los recolectores en cooperativas de trabajo y logró en la ciudad de Buenos Aires la incorporación de 12 cooperativas al sistema de recolección urbana de residuos.

Desde 2010, la capital de Argentina tiene un sistema mixto de recolección por el cual los residuos húmedos domiciliarios son retirados por empresas y los sólidos, por cooperativas. Los recicladores perciben por su tarea un incentivo equivalente a un salario básico (unos US$250), que se completa con ingresos por la venta de los materiales que recuperan. Además, el estado municipal cubre los gastos de transporte de los materiales, provee la ropa de trabajo, espacios de acopio y máquinas en consignación.

En varias de las cooperativas funcionan, además comedores comunitarios, bachilleratos populares donde los trabajadores pueden terminar sus estudios secundarios y guarderías infantiles para evitar que los recicladores salgan con sus hijos a cartonear por no tener con quién dejarlos.

“Hoy parece increíble lo que se logró”, cuenta Roberto Pitu Gómez, presidente de la cooperativa “El Alamo”. La entidad se conformó a partir de una asamblea vecinal en el barrio de Villa Pueyrredón, una zona de Buenos Aires tradicionalmente de clase media, cuyos pobladores habían quedado en su mayoría desocupados en 2001 y empezaron a organizar comedores y merenderos populares junto a centenares de cartoneros que llegaban desde las afueras de la ciudad todas las noches, para rescatar materiales y comida de la basura.

“Estábamos sin trabajo y los veíamos a ellos que estaban peor, y así empezamos a organizarnos. Un vecino nos prestó un local, yo conseguía donaciones de una empresa láctea en la que había trabajado toda la vida, y así cada uno aportaba lo que podía. Pero también se armaban discusiones, porque no todos en el barrio estaban a favor de los cartoneros”, recuerda Pitu.

La economía circular: repensando los residuos

Basada en la premisa de las 4R (reducir, reutilizar, reciclar y revalorizar los materiales), la economía circular “representa un cambio de paradigma del cual el reciclado es solo una parte, y en general ocurre cuando ya se produjo el desecho”, advierte Luis Lehman, ex director de Espacios Verdes de la Ciudad de Buenos Aires y autor del libro “Economía Circular, el cambio cultural” (Prosa Editores).

“Para que el residuo de un proceso se transforme en insumo de otro hay que pensarlo desde el diseño, con estrategias “C2C” (de la Cuna a la Cuna)”, afirma Lehman. El primer paso es no generar ese residuo al terminar el ciclo de vida de un producto. “Si es inevitable, lo mejor es reutilizarlo. Si no se puede, hay que transformarlo mediante el reciclaje, lo que suele tener un costo. Si esto no es posible, se  puede quemar para generar energía y, como última instancia, optar por su disposición final tomando las precauciones del caso según se trate de un residuo común o peligroso”, comenta el especialista.

“Reciclar es transformar a los materiales y a las personas también: dándoles herramientas para que puedan tener un trabajo y una perspectiva a futuro”, dice María Sánchez, diseñadora Industrial y coordinadora del taller Tras Cartón. 

Repensar cómo fabricamos los productos industriales y cómo lidiamos con ellos al final de su vida útil podría reducir la cantidad de materia prima nueva y energía necesaria en más de un 80%, de acuerdo con estimaciones de ONU Ambiente.

En tanto, un informe publicado en el marco del Foro Mundial de Economía Circular de Yokohama, Japón, señala que la reutilización de materiales al final de su vida útil permite reducir las emisiones de gases de efecto invernadero entre 79 y 99%, según el sector industrial.

Esta “revalorización de los materiales es beneficiosa para los gobiernos, la industria y los consumidores”, destaca Lehman en su libro. Los gobiernos podrían generar empleos verdes y estimular el crecimiento económico; la industria podría reducir los costos de producción, evitar las limitaciones de recursos para el crecimiento del negocio y abrir nuevos segmentos de mercado; mientras que los clientes podrían beneficiarse de precios más bajos para productos restaurados.

Actualmente, la “remanufactura” representa solo el 2% de la producción en los Estados Unidos y Europa. Se estima que en América Latina la proporción es igualmente baja, por lo que “hay muchísimo por hacer en este sentido”, destaca Lehman.

En definitiva, la implementación de la economía circular en Argentina y en América Latina, presenta varios retos y oportunidades. Hacen falta regulaciones que la impulsen, pero también un cambio cultural y educativo. El esquema lineal basado en la extracción, producción, consumo y desecho de los materiales ya no es viable. El cambio hacia un modelo donde los recursos sean aprovechados y reintroducidos al sistema productivo, no solo evita la contaminación y reduce la emisión de gases de efecto invernadero, sino que genera empleos y desarrollo económico.

Este artículo es un extracto del artículo completo que fue escrito por María Gabriela Ensinck de Argentina  como  parte de la alianza entre ActionLAC, plataforma coordinada por Fundación Avina, y LatinClima, esta última con apoyo de la Cooperación Española (AECID) por medio de su programa ARAUCLIMA, con el fin de incentivar la producción de historias periodísticas sobre acción climática en América Latina.

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