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OPINIÓN: Agendas climáticas transformadoras: ¿transformando qué y cómo?


Escrito por: Ana María Majano*
INCAE Business School / Coordinadora de la Secretaría LEDS LAC

Durante una reciente entrevista para CDKN me preguntaron: “Para ti, ¿qué es una agenda climática transformadora?”, a lo que respondí brevemente con base en mi experiencia en la coordinación de la plataforma LEDS LAC, haciendo referencia a las agendas que buscan incorporar las consideraciones respecto al cambio climático dentro de las estrategias de desarrollo económico y social.  La presente nota busca ahondar en ese tema, preguntando primero ¿Qué es lo que se debe transformar?

A mi parecer, la respuesta es muy sencilla y complicada a la vez: dado que el cambio climático es resultado de nuestros patrones de producción y consumo y que sus impactos amenazan nuestros medios de vida, es necesario transformar radicalmente dichos patrones, tanto para limitar el crecimiento de los gases de efecto invernadero como para adaptarnos a una nueva realidad climática.

Lo anterior está claro para quienes trabajamos en la temática, pero muchas veces, nosotros mismos al hablar de agendas climáticas ponemos el énfasis en los procesos relacionados con las negociaciones internacionales -que son fundamentales para la búsqueda de soluciones pero no son la solución en sí- y no tanto en la forma en que se implementarán los acuerdos resultantes de estas negociaciones.  Es necesario tener siempre presente que el logro de las metas establecidas en el marco de la Convención de Cambio Climático requerirá voluntad y cambios significativos por parte de actores que no tienen como prioridad principal la atención al cambio climático y que no podemos esperar que la tengan.

En América Latina existe una conciencia creciente sobre el cambio climático, los riesgos asociados y la necesidad de tomar acción al respecto. Sin embargo, es todavía visto por mucha gente como un problema puramente ambiental o de largo plazo, cuya solución corresponde a instituciones, grupos o países específicos y que requiere inversiones que nuestros países no pueden o les corresponde hacer, pues tienen que responder a necesidades más urgentes.

Todavía se escucha a personas en diferentes sectores decir que no podemos actuar ante el cambio climático porque necesitamos crecer, generar empleo, profundizar el acceso a servicios básicos, promover equidad y atender a muchos otros problemas económicos y sociales de la región. Ante estas posiciones, es necesario tener claro que esos son definitivamente los retos prioritarios para América Latina, pero hay que hacer mayor conciencia entre los tomadores de decisiones que el cambio climático representa una seria amenaza para el cumplimiento de sus objetivos económicos y sociales, por lo que tomar acción al respecto no es solamente un asunto de ética sino de efectividad e incluso de supervivencia.

Existe evidencia de que los objetivos de mitigación y adaptación al cambio climático no solo pueden lograrse al mismo tiempo que los objetivos de desarrollo económico social, sino que pueden contribuir a su consecución. En el reporte “La Nueva Economía Climática”, publicado en el año 2014, la Comisión Mundial sobre Economía y Cambio Climático concluye que actualmente los países de todos los niveles de ingreso -y yo agregaría de todo tamaño- tienen la oportunidad de construir crecimiento económico duradero al mismo tiempo que reducen los inmensos riesgos del cambio climático.

El informe señala que el crecimiento económico futuro no tiene porqué replicar el modelo alto en carbono y distribuido desigualmente del pasado, y que actualmente existe un gran potencial de invertir en mayor eficiencia, transformación estructural y cambios tecnológicos, principalmente en tres sistemas clave: las ciudades, el uso del suelo y la energía.  Los autores afirman que el capital necesario para estas ya está disponible, pero que se necesita liderazgo político y políticas públicas consistentes y creíbles para lograr esa transformación.

La Comisión propone un plan de acción en el que el primer paso es acelerar la transición hacia una economía baja en carbono, integrando las consideraciones sobre el clima en los procesos básicos de toma de decisiones económicas a todo nivel, tanto en el gobierno como en los negocios. Esto requiere cambios sistemáticos en las herramientas de evaluación de políticas y proyectos, indicadores de desempeño, modelos de riesgo y requisitos de reporte.

En América Latina se están dando avances muy interesantes en el desarrollo de estrategias que buscan explícitamente el logro de objetivos de desarrollo económico y social al mismo tiempo que objetivos de política climática, como es el caso de las estrategias de transporte urbano sostenible que se están desarrollando en varias ciudades de Colombia, la aprobación de impuestos a las emisiones de GEI de las plantas de generación eléctrica en Chile, y la búsqueda conjunta de mayor productividad, menor huella ambiental y menor vulnerabilidad de la ganadería por parte de instituciones de gobierno, grupos de productores y centros de investigación en Costa Rica, entre muchos otros ejemplos.

También existen en toda la región iniciativas relacionadas con el desarrollo de energías renovables, agricultura sostenible, gestión del riesgo de desastres, y otros temas, que no necesariamente fueron concebidas como parte o en concordancia con las políticas climáticas, pero que están contribuyendo a la reducción de emisiones de GEI y/o incrementando la resiliencia de los sistemas productivos, y que podrían ser incluso más efectivas con una mayor y mejor integración y coherencia de políticas.

Estos casos están probando que es posible crecer de una manera diferente. Sin embargo, pasar de experiencias interesantes a una nueva senda de desarrollo requiere que los objetivos climáticos no sean parte de una agenda especial impulsada por un grupo de individuos e instituciones interesados en esta temática, sino del “mainstream” del desarrollo. Es decir, requiere que los objetivos climáticos sean parte de las agendas de aquellos que están buscando asegurar el desarrollo económico, combatir la pobreza y promover mayor equidad, conscientes de la necesidad de seguir una senda de crecimiento diferente y de adaptarnos a una nueva realidad climática para poder lograr sus objetivos.

Sería muy difícil que la transformación hacia un patrón de desarrollo bajo en emisiones y resiliente al cambio climático ocurra de una manera orquestada y uniforme en todo el mundo, por lo que debemos esperar y promover procesos graduales que aprovechen oportunidades de sinergias y cooperación, fortalezcan y profundicen iniciativas ya existentes y se conviertan en ejemplos para iniciar el cambio en otros sectores y países.  La gradualidad no implica lentitud, pues la seriedad del problema no nos da tiempo para esperar.

Para estos procesos no hay recetas universales, pues las circunstancias de cada país y cada sector son diferentes, pero sí es posible aprovechar la existencia de nuevas herramientas, aprender de los éxitos y los fracasos propios y ajenos, y tratar de replicar buenas prácticas. De ahí la importancia de redes y plataformas como CDKN, LEDS LAC, REGATTA, Finanzas Carbono, y otras que buscan fortalecer capacidades y crear espacios de intercambio y colaboración.

También son de gran utilidad para quienes están buscando impulsar nuevos procesos de cambio, las guías preparadas por organismos internacionales con base en las experiencias de diferentes países en la planificación y ejecución de las estrategias – llámense de desarrollo bajo en emisiones, crecimiento verde e inclusivo, desarrollo compatible con el clima, u otro concepto que promueva la integración de objetivos antes descrita. Algunos ejemplos de estas guías están disponibles en este enlace http://ledslac.org/guias.

Como cierre, quisiera señalar que si bien la atención en los párrafos anteriores se ha centrado en políticas públicas y estrategias del sector privado, no se debe dejar de lado el rol que tenemos los individuos en la transformación de nuestra senda de desarrollo, no solamente como miembros de organizaciones de gobierno, sector privado o sociedad civil, sino también como consumidores.

Nuestras decisiones de consumo no solamente afectan directamente la huella ambiental personal y colectiva, sino que envían señales a las empresas y gobernantes sobre las características que preferimos en los bienes y servicios que se producen, convirtiéndose en otro factor de cambio.  Por eso quisiera finalizar con un llamado a que además de las agendas nacionales que impulsamos, tengamos también una agenda transformadora personal: seamos consumidores climáticamente inteligentes.

Ocasionalmente, CDKN invita a expertos de diferentes partes del mundo a dar su opinión sobre diversos temas. Estas opiniones no representan necesariamente la opinión de CDKN o de las organizaciones miembros de la Alianza.

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