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OPINIÓN: Crónica de la resiliencia humana


Escrito por:  Leider Utria*

Hace poco menos de un año fue nuestra primera visita a Manatí (Colombia) como parte del grupo de investigación en resiliencia de la Universidad del Norte. Aunque anteriormente habíamos tenido la fortuna de conocer la comunidad por otros proyectos que la Universidad venía trabajando en el departamento del Atlántico, esta vez las condiciones que nos llevaron a visitarla no fueron ni las más alegres ni las más alentadoras.

Para aquella época, Manatí aún se intentaba levantar de las inundaciones. Los rostros de sus habitantes eran pálidos, cargados de miedo y prestos a correr ante el más mínimo asombro de lluvia. La experiencia en terreno nos decía que era nuevo lo que íbamos a encontrar, y efectivamente así fue.

El pueblo de Manatí es un sitio caluroso, alrededor de 38°C cuando el sol está de humor. Comentan que antes de las inundaciones los árboles daban más sombra, ahora parece que se ocultan, y no retoñan. “Están grises y llenos de polvo” me dijo un día el señor Pedro cuando intentaba organizar unos papeles que traía a la mano para trabajar con su esposa. De él es quien quiero hablar. La primera vez que visité el “albergue” (las personas que sufrieron la inundación al punto de perder su casa fueron reubicadas en albergues temporales) el señor Pedro me lo mostró, desde el portón de la entrada hasta la cría de gallinas que tienen en asocio varios vecinos casi al final del terreno donde se alzaron las más de 200 casas que lo componen.

“Ella, tenía cría de cerdos, los más grandes de por acá, en Diciembre vendía pa Barranquilla”, me comentaba el señor Pedro mientras me señalaba a una vecina que jugaba a ensartar una aguja para coser un vestido de colegio, de la que creo era su hija. “Yo no me enteré de la cosa, todo pasó muy rápido, empezó cuando el agua se vino metiendo por la carretera y se iba comiendo los cultivos de las primeras fincas. Nosotros nomás veíamos al inicio, no pensábamos que el agua fuese a subir tanto y tan rápido, pero poco a poco se vino metiendo, hasta que nos sacó. Logramos sacar muy poco, lo que ve usted aquí y otras cositas que hemos ido vendiendo para poder sobrevivir. Perdí unas gallinas, se me ahogaron, con esas vendía hasta 30 huevos todos los días”, continuaba contándome el señor Pedro. Me atreví a preguntarle cómo era su vida antes de la tragedia y qué hacía ahora para conseguir dinero  y ayudar en el hogar y con los gastos. “Pues…, yo de niño pescaba, aunque yo no soy de acá, llegué desplazado por la guerrilla, pero uno va creciendo y busca otras formas de buscar dinero, entonces me puse de comerciante y andando llegué a Manatí y aquí me quedé. Me gustó mucho porque era un pueblo que siempre compraba lo que yo vendía y no me iba mal. Y bueno, conocí a mi esposa e hicimos la casa, un cuarto a la vez, pero la terminamos, vivíamos bien y yo seguía comerciando. Cuando perdimos la casa, me tocó usar lo que habíamos ahorrado para salir y los gastos de los primeros meses. Primero nos fuimos con unos familiares a Santa Marta, y una ciudad nueva trae más gastos, así que nos regresamos a Manatí, porque estaban arreglando lo de las casas. Cuando nos mudamos para acá (albergue) no teníamos ahorros para comprar mercancía, entonces volví a pescar. No se me ha olvidado, viera usted como nos iba de bien. Yo pescaba y mi esposa limpiaba los pescados y los vendíamos entre Santo Tomás y Palmar. Pero, hace como dos semanas pisé mal y me picó una culebra aquí (señala su tobillo) y eso se me hinchó feo, no podía ni usar zapato, así que llevo dos semanas sin pescar. Ahora mismo estamos viviendo de una ayuda que me envían mis familiares desde Santa Marta, pero ya la otra semana vuelvo a pescar. A mí me va bien pescando, con decirle que ya hemos pensado en montar un puestecito, como una pescadería con mis familiares de Santa Marta, aunque no sabemos bien en dónde. Cuando eso salga, vamos y seguimos. Igual uno está para caminar y (…)”

La resiliencia es un concepto extraño. Cada vez nos sorprendemos más de las elaboraciones que hacen algunas personas para reponerse tragedia tras tragedia. El caso del señor Pedro es un ejemplo preciso de una persona resiliente; la mirada que él le pone al problema nos brinda herramientas para abordar de manera integral la situación de las personas en riesgo o desplazados climáticos, con sus potencialidades y recursos personales y sociales. Más sorprendente aún, es que en Manatí hay más de un señor Pedro, y son ellos los que nos permiten realizar nuestro trabajo. Son las observaciones, intervenciones e inquietudes de personas como Pedro que han sufrido un fenómeno de destrucción no solo material, sino físico y psicosocial, las que nos ayudan a entender el concepto de resiliencia, y a lograr validar un modelo para el desarrollo de actitudes resilientes, tal como lo propone el proyecto “Creciendo en la adversidad: resiliencia en familias afectadas por la ola invernal en el departamento del Atlántico”, que realizamos la Universidad del Norte y CDKN.

* Investigador del proyecto “Creciendo en la adversidad: resiliencia en familias afectadas por la ola invernal en el departamento del Atlántico”. Email: leideru@uninorte.edu.co.

Crédito de imagen: Iván Contreras / Red.reporteros24.com 

Las opiniones expresadas en este artículo son de responsabilidad exclusiva del autor. CDKN no se solidariza necesariamente con la información y opiniones expresadas en el mismo.

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