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NOTICIA: Luego de Río+20 – Un balance de la Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible


La Conferencia de las Naciones Unidas sobre Desarrollo Sostenible terminó envuelta en una atmósfera de desencanto. Presidentes, medios, ONGs y la opinión pública no escatimaron críticas que oscilaban entre “poco ambicioso” y “decepcionante”, hasta “una oportunidad perdida”. La desilusión que generó la aprobación del documento “El Futuro que queremos” vino de la mano con las altas expectativas que estaban alrededor de Río+20.

El contexto

Definir un rumbo para el planeta que incorporara las variables medioambientales y de equidad social (“la economía verde”), además de ver cómo se financiaba esa transición para los países en desarrollo eran metas ambiciosas, pero consideradas necesarias ante el estado actual de la situación en el planeta.

Al final ambas metas no fueron abordadas en su totalidad. La misma definición de “economía verde” quedó como un tema abierto y el documento “El Futuro que queremos” recogió definiciones laxas que no involucraban compromisos concretos. Y la propuesta del G77 y China, la creación de un fondo anual de 30 mil millones de dólares, fue desechada.

Lo que estuvo detrás de lo poco concluyente de Río +20 fue la crisis económico-financiera que vienen atravesando los países de la Unión Europea. Ella impidió que sus gobernantes llegaran a la negociación con una perspectiva más amplia y cerró la posibilidad de compromisos financieros necesarios para concretar acuerdos.

Lo positivo

Llegar a puntos de consenso entre más de 190 países puede considerarse, de por sí, un logro. Y así lo vieron desde el gobierno de Brasil, país anfitrión de la conferencia. Pese a que para la realización de este acuerdo se haya llegado a un documento reducido a mínimos comunes puntos.

Los 283 párrafos, 6 capítulos y 59 páginas de “El Futuro que queremos” distan de las 200 páginas que conformaban el texto original de las negociaciones. Una evaluación de la ONU lo califica como “rico en acciones, iniciativas y programas para que los países puedan impulsar un desarrollo sostenible, es decir un modelo de “economía verde” que ayude a combatir la pobreza y tenga en cuenta los límites del medio ambiente”.

Las principales decisiones

1.- La adopción de un plan decenal de nuevos estándares de producción y consumo sostenible

Incluye compromisos de empresas para reducir sus emisiones y mitigar sus daños, y el compromiso de gobiernos para condicionar los contratos públicos al desarrollo sostenible.

2.- El lanzamiento de una negociación para establecer Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS)

Los Objetivos de Desarrollo Sostenible (ODS) son metas que se impondrán los gobiernos en temas como agua, tierra y biodiversidad. Y de alguna manera resultan una extensión de los Objetivos de Desarrollo del Milenio (ODM), que abarcaban temas como hambre, pobreza, educación y salud. Esta fue una propuesta que partió del gobierno colombiano.

3.- El fortalecimiento del PNUMA

El Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente contará con más recursos financieros y mayor representatividad, porque todos los países pasan a formar parte de su consejo administrativo.

La propuesta de la UE quería convertir a la entidad en una agencia especializada de la ONU, con autonomía y presupuesto propio, como la Organización Mundial de la Salud. Sin embargo la aprobación no llegó a ese nivel, pese al respaldo de 140 países.

4.- La decisión de crear un nuevo indicador global de riqueza que no tenga en cuenta sólo el Producto Interior Bruto (PIB)

Se aprobó la creación de un nuevo indicador de riqueza que supere las limitaciones del PIB e incluya los recursos naturales.

Logros tangenciales

En Río+20 se logró un acuerdo para la protección de los océanos que prevé la elaboración de un nuevo tratado internacional para su preservación.

También se dio un mandato a la ONU para que inicie la negociación de un tratado para la protección de la biodiversidad en las aguas de jurisdicción internacional.

En “La Cumbre de los Pueblos” también se dieron acuerdos entre la sociedad civil y los empresarios, como: una iniciativa empresarial para generar energía limpia en comunidades pobres que podrían obtener beneficios económicos en el proceso o un acuerdo adoptado por alcaldes de 40 grandes centros urbanos para mejorar el manejo de desechos sólidos para reducir en 40% sus emisiones de gas metano.

En resumen: un punto de partida, no de llegada

La falta de compromisos, metas y plazos de “El futuro que queremos” puede considerarse, según algunas evaluaciones, como una buena base para iniciar la transición. Y que estos cabos sueltos pueden concretarse en acuerdos en la próxima Asamblea General de la ONU en setiembre próximo.

A partir de todo lo anterior las declaraciones de la presidenta de Brasil pueden considerarse como un buen resumen de la situación y ayudar a tener una mejor perspectiva de los hechos. Dilma Rousseff dijo: “Brasil fue responsable de construir un consenso posible. Ese documento es un punto de partida, no un punto de llegada. Lo que tenemos que exigir es que los países avancen a partir de ese documento”.

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